Innovar significa “alterar algo, introduciendo novedades”. Cuando lo que quieres alterar es el status quo en tu trabajo, en el campo en te desempeñas o en la sociedad, a veces lo que hay que cambiar es la manera de operar. O los principios bajo los cuales actúas. O las reglas. Así es. Si escuchas las historias de cómo comenzaron sus negocios quienes ahora son grandes empresarios, descubres que hay un común denominador. Todos rompieron las reglas e inventaron nuevas reglas a lo largo del camino. Claro, al principio se enfrentaron con resistencia. Pero con persistencia, resiliencia y una buena dosis de caradurismo, la mayoría se salió con la suya.

Ejemplos abundan. Uber rompió con regulaciones locales y sindicatos. Fue (y sigue yendo) a la corte numerosas veces, pero la empresa disrumpió una industria y los cambios obligaron a todos los jugadores establecidos a repensar el servicio que ofrecían y a mejorarlo. En este proceso, las reglas cambiaron. Ahora puedes llamar un auto desde una aplicación sin preocuparte de si conseguirás taxi un día de lluvia. Y cualquiera puede usar su vehículo como chofer de Uber.

Cuando el fundador de TOMS decidió que por cada par de zapatos que vendiera donaría un par a una persona que los necesitara, ese modelo de hacer negocio no existía. Hoy en día se ha convertido en una estrategia bastante común.

Mi pregunta es: ¿cuán dispuesto estás a romper las reglas para llevar a cabo aquello que te apasiona? ¿Para proponer proyectos en los que nadie piensa y que pueden mejorar la calidad de vida de todos? ¿Para dar a conocer tus ideas innovadoras? Claro que no estoy proponiéndote que rompas las leyes ni que hagas algo que te ponga en peligro a ti o a terceros. Pero sí te invito a pensar cuán dispuesto estás a innovar y a sacudir el statu quo. Porque si realmente quieres dejar este mundo mejor de lo que lo encontraste, tendrás que recorrer un camino que no es el que todos recorren. Deberás encontrar el que te lleve por lugares inexplorados y por los que otros no se animan a caminar. El que te haga replantearte si las reglas de juego son justas o si es hora de cambiarlas.

Esto va desde tu propia profesión hasta tu propia empresa. Por ejemplo: Quieres un puesto ejecutivo pero en tu compañía no hay mujeres a ese nivel. ¿Qué haces? ¿Te quedas lo más tranquila o buscas la forma de llegar? Tal vez eso implique montar una campaña interna para obtener apoyo. O convencer a toda la organización que empiecen a usar zapatos y corbatas rojas los martes para #RedShoeTuesday. O conseguir el apoyo de organismos que están fuera de tu empresa para que ejerzan presión. O aprender a jugar al golf (aunque seas una de las únicas mujeres que lo hagan en tu trabajo) para poder socializar con los altos ejecutivos y que te conozcan.

Otro ejemplo: Tienes una idea sobre cómo mejorar la contratación de maestros para que haya mayor diversidad entre los candidatos, pero es imposible implementarla dado que la contratación se hace toda online. ¿Puedes hablar con el ministerio de educación y proponer el cambio? ¿Presentarte en las discusiones estaduales de presupuesto donde se pueden traer estos temas a la mesa? ¿Escribir una nota de opinión para un periódico influyente? ¿Cuán lejos vas con tu idea innovadora?

Las reglas han sido puestas por diversas organizaciones conformadas por personas que, dada una cierta coyuntura, se pusieron de acuerdo para establecerlas. El tema es que la mayoría de las reglas pueden ser repensadas cuando no sirven al propósito inicial por el cual se establecieron.

Entonces, hay algo en esta idea de romper las reglas que debemos rescatar de los emprendedores visionarios. Las rompen porque no funcionan en el nuevo mundo que están creando. Tú deberías sentir la misma libertad de hacerlo cuando las reglas no te permiten innovar en áreas que están necesitando cambios drásticos. ¿Te animarás a hacerlo?

*La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.