Una de las principales tareas que tenemos en esta vida es la de identificar y liberar los patrones de conductas y creencias que hemos heredado de nuestros ancestros. Nuestro linaje materno y paterno influyen notoriamente y muchas veces nos condicionan y hasta pueden distorsionar nuestra perspectiva de la vida.

No se trata solo de ideas que nos han sido transmitidas, sino de creencias, que sin darnos cuenta hemos adoptado. En muchos casos ni siquiera nos damos cuenta de que las tenemos, solo que a la hora de actuar, muy probablemente, serán ellas y no nuestras ideas las que condicionen nuestro accionar.

De acá la importancia de reconocer nuestros errores, ver si repetimos circunstancias, etcétera, y adoptar la terapia necesaria para corregir el desequilibrio. La Biodecodificación, meditación a vidas pasadas u otras pueden ser de gran ayuda.

Nuestros padres y madres heredan todas las historias que sus antepasados no han sanado, de ahí la importancia de curar, pues, si no lo hacemos, nuestros hijos, también serán condicionados por ellas. De este modo podremos crear una nueva historia familiar, nueva vida libre de ataduras que coartan la libertad de expresión y manifestación del libre fluir de la vida; mucho más si pensamos que estos patrones no son lo que somos realmente, solo nos están privando de vivir justamente eso.

Una vez que nos hemos emancipado de esta forma de expresión, atraemos las situaciones, oportunidades, parejas, trabajo que más nos convienen. Todo en nuestra vida fluye de manera más saludable y fácil.

Por ejemplo, la figura del padre representa la seguridad, el mundo de afuera, la contención, el modelo a seguir para tener identidad, nos enseña a proveer y como lograrlo. Un padre presente logra una sana separación entre la madre y su hijo, sin embargo, de no cubrirse este rol, se puede dar una simbiosis entre madre-hijo que dure de por vida. Esto impide que ambos se desarrollen independientemente.

Para un hijo varón representa nada menos que su identidad como varón. Una hija necesita ser amada por su padre y verlo como líder, admirarlo y sentirse segura con su presencia para poder elegir el hombre adecuado que la acompañe. Si el padre estuvo ausente, esa mujer desconoce lo que es ser amada por un hombre.

Para ambos, hijas e hijos, la buena relación con el padre influye de manera directa en la autoestima.

La figura de la madre es el vínculo primordial con el que todos iniciamos la vida. Es el más fuerte, nacemos a través de su cuerpo. Por eso, en la primer etapa de vida, la simbiosis con ella es casi inevitable y normal, pero solo en la primer etapa. A través de ella conocemos el mundo, lo que viene de él y como nos afecta. Nos conocemos a nosotros mismos.

Nuestro niño interno se forma en esa relación con la madre; conforme a lo que suceda con ella. En esta etapa, nuestra emocionalidad estará o no sana. Para una mujer, la relación con la madre es la referencia de como se expresa la femineidad, como vivir la maternidad y las relaciones afectivas.

Para el hombre, la relación con la madre es la referencia de la mujer que admira o que repele. O acepta ese modelo de mujer que le encanta o elije el opuesto. Si el varón no sana esta relación, no deja de ser hijo de su mujer. La elije por oposición o por parecido.

Sanar el niño herido decide si me pierdo o no de ser yo mismo/a. Y, obviamente, esto puede repetirse generación tras generación.

*La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.