Nadie puede golpearte tan fuerte como tú mismo. Nadie conoce mejor tus puntos débiles, tus miedos y tus nudos. El látigo emocional en manos de otras personas es muy doloroso, es cierto, pero en tus manos el sufrimiento puede llegar a ser aún mayor.

Para sentir el daño, no hace falta que brote la sangre. Bastan unos azotes. Nuestra alma está surcada por cicatrices profundas o someras, muchas de ellas resultado de los implacables juegos de la mente.

Uno de los látigos que comúnmente empuñamos es la autocrítica. En pequeñas dosis, esta actitud puede ser ligeramente corrosiva, pero cuando nos duchamos con ella, nos destroza la vida. La autocrítica fácilmente exagera nuestros errores y se regodea en remordimientos, enfocando sus luces en nuestras flaquezas y los conflictos del pasado. Problema es una de sus palabras favoritas y culpabilidad es otra que atrae como un imán.

¿Estoy diciendo que no debemos estar atentos a nuestro desempeño, o que debemos hacernos la vista gorda ante nuestras equivocaciones y conformarnos con un desempeño mediocre? De ninguna forma. La invitación es a cambiar la perspectiva para soltar la autocrítica y cultivar la capacidad de auto guiarnos; así, en lugar de azotarnos, abrimos los ojos para mantenemos alertas y conscientes, enfocando la atención en nuestras oportunidades de crecimiento y en el desarrollo de habilidades.

Auto-observarse y autoconocerse es una práctica y un camino. Significa, entre otras cosas, darnos cuenta de las historias que nos contamos y la forma como nos tratamos para alcanzar la mejor versión de nuestro ser. Con la autocrítica en primera instancia procuramos la excelencia, cosa que está muy bien, pero sin una buena dosis de autocompasión esta medicina se hace tóxica. Descontrolada, la autocrítica se convierte en una mina personal que pisas una y otra vez. Cuando ocurra, desactívala.

Exigirse está bien, pero hacerlo en exceso o sin clemencia, no lo creo. Pedirnos cada vez más, y a la par golpearnos con la autocrítica por no conseguirlo, es servirnos un coctel amargo. Quizás sea la pócima del éxito (así como lo vende el mercadeo o la sociedad), pero no me resulta necesariamente un elixir de felicidad.

Ante las críticas malsanas (que pueden llover desde afuera o anotarse por autogol) decimos que es mejor la crítica constructiva, es decir, aquella que aporta y no destruye. Muy bien, pero como las palabras son poderosas, ¿qué tal si mejor hablamos de una buena guía? Dirigida hacia otros o en modo auto, esta buena guía desecha las recriminaciones para abrir un abanico de posibilidades. Ya no se trata de juzgar, sino de ver la realidad con ecuanimidad y amor.

Autoguiarse en lugar de autocriticarse. Automotivarse en vez de autoflagelarse. Si lo haces con honestidad y conciencia, no corres el riesgo del autoengaño. Al contrario, verás las cosas como son, con sus luces y sombras. Porque todos somos imperfectos y afortunadamente siempre hay espacio para mejorar. Entonces, ¿vas vivir ese proceso desde el sufrimiento o la plenitud?

Cada quien es libre (o debería procurar serlo) de elegir la relación consigo mismo. ¿Deseas convivir con un crítico constante o compartir con un guía despierto y compasivo?

GQI-EliBravo

* Cortesía de Inspirulina. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.