Los últimos 10 años he viajado por el mundo, recorriendo lugares mágicos con un propósito: alimentar mi alma, y encontrar la paz. África, Asia, América, Antártida… El encanto es inagotable, cada lugar me transforma, me hace sentir diferente y me ayuda a evolucionar y encontrarme a mí misma.

Ese es precisamente el propósito de esos llamados viajes espirituales en los que puedes meditar, maravillarte con la naturaleza y por qué no, descubrir tu propósito.

Hace unos días, mientras me preparaba con emoción para mi siguiente destino, una indiscreta señora apretó mi brazo con fuerza, me vio fijamente, ojos inquisitivos y me preguntó sin filtro: “¿no crees que tanto viaje espiritual es irresponsable?”.

Debo confesarlo. La pregunta me cayó como una cubeta de agua fría al pecho y me hizo pensar profundamente en la respuesta adecuada. Lo primero que se me ocurrió fue decirle que nadie había pedido su opinión, pero sabía que no sería una respuesta educada. Entonces, comencé a analizar más cuál sería mi respuesta.

En realidad, a lo largo de estos años, muchas personas me han formulado variaciones de esta misma pregunta. Leen mis escritos y algunos me critican y piensan que soy egoísta, mientras otros dicen que soy valiente.

Al final, en el fondo, quizás todos sienten de alguna manera el deseo de emprender mi misma búsqueda. Las razones son muchas: quizás enriquecer su religión; conocerse mejor o reencontrarse consigo mismos o, simplemente, adquirir más experiencias, descubrir y aprender de nuevas culturas.

Cualquiera que sea su razón para no emprender la aventura, pienso que algunas personas no se atreven a hacer los viajes porque creen que no quieren sentirse catalogados como irresponsables o frívolos.

En el fondo, la razón es el miedo. Las demandas de la realidad son más importantes que esta inminente búsqueda de sí mismos. Y, ¿qué pasaría si sus viajes espirituales les llevaran lejos de su cultura o creencias religiosas o interrumpieran su vida cotidiana en el hogar?

Mi conclusión es que el deseo de viajar no es un error. En mi opinión, es un derecho humano. Todo viaje espiritual ha comenzado con alguna insatisfacción.

Veo a la indiscreta señora fijamente a los ojos, tomo tres profundos alientos antes de responder firme y segura con un rotundo: “NO”. Un viaje espiritual nunca será irresponsable o egoísta. A continuación, mis razones:

  • Tienes el derecho de descubrir quién eres: esto no es una misión sencilla. En la historia del mundo no se han creado dos personas iguales. Tu existencia es un misterio y un milagro a la vez. Debes explorarla al máximo y estos viajes son la mejor oportunidad para hacerlo. En ellos despiertas tus emociones, tus recuerdos, encuentras muchas respuestas que has buscado por mucho tiempo.
  • Insistir en buscar y entender las repuestas es solo para los valientes. No es igual que ir al spa. No hay comparación alguna. La verdadera búsqueda espiritual usualmente no es fácil ni relajante, no se realiza entre tratamientos estéticos ni velas fragantes. Las preguntas que te llevan a este tipo de viaje las haces de rodillas.
  • Un viaje espiritual es un servicio público: cuando encuentras la forma de estar bien contigo mismo, también lo estarás con los demás. Al alcanzar la paz, puedes llevarla contigo a todas partes y ayudar a la humanidad. Tu vida cambiará radicalmente a partir de entonces.
  • Hacer algo por ti mismo no es egoísta: viajar es una experiencia maravillosa, un aprendizaje que no tiene precio. La recompensa de cada viaje es invaluable. Tienes la libertad de elegir un escape en el que puedas hacer lo que deseas sin quitarle nada a nadie.
  • Aprendes de otras culturas y otras personas: un viaje espiritual es también la oportunidad de descubrir la vida cotidiana de un país. Contrastes entre ciudades, personas afines y contrarias, grandes maestros… Nada te dejará indiferente.
  • Necesitas tener el deseo. Recuerda que todo cambio viene precedido del deseo. Si no está dentro de tus posibilidades realizar un viaje porque te lo impide tu economía o tus obligaciones del momento, siempre puedes explorar nuevos destinos espirituales, a través de la lectura y conferencias que se ofrezcan en tu ciudad o país. ¡Puedes hacer un viaje espiritual en el jardín de tu casa!

* La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.