Alguna vez escuchamos decir: “Cuando la Madre Teresa habla, todo el mundo escucha”. Pero, ¿cómo podía integrarse incluso entre las personas que defendían el derecho al aborto y conversar racionalmente con ellas, explicando sus convicciones con respecto a la injusticia social?

Su voz nunca quedó ahogada ni pasó desapercibida para sus antagonistas. ¿Por qué?

La integridad tiene valor propio. Mucho antes que la Madre Teresa moviera sus labios, ella había experimentado su propia vida. El mundo llegó a la conclusión de que su manera de vivir era evidencia de amor y espíritu de sacrificio hacia los más necesitados.

Cuando ella hablaba de su amor por el hijo en el vientre de la madre, lo respaldaba con un sentimiento similar hacia aquellas personas que ya nacidas habían sido abandonadas por la sociedad. Esto es lo que significa ser pro-vida. Proteger a quienes aún no han nacido, a los más vulnerables.

El mundo que pretendemos cambiar nunca podrá escuchar los principios morales y los valores que animan el mensaje pro-vida, hasta tanto no vivamos según esa moral. Debemos dar a los pobres, alimentar a los hambrientos, acoger a los que no tienen techo, abrazar a los enfermos de sida, levantar la voz en nombre de aquellos que no la tienen, luchar contra el trafico de niños y niñas, defender las causas de los oprimidos y trabajar por la paz.

Nuestra vida es el mensaje. El cambio empieza en nosotros. El cambio empieza por nosotros. Por ti y por mí. Persona a persona, día a día, paso a paso, una historia a la vez.

Cambiar el mundo tiene que ver tanto con la renovación del corazón y la mente como con la realización de acciones prácticas hacia afuera. Todo encuentro con el necesitado es una oportunidad perfecta para que su riqueza espiritual transforme nuestra vida. ¡Marchemos juntos!

* Este artículo se publica por cortesía de Passion Asociación. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.