Shorty, el hombre más viejo del mundo, ha muerto en Nueva York a los 112 años. Este tipo de noticias siempre me hacen pensar en los misterios de la naturaleza humana, en las posibilidades de alcanzar ciertas edades, a pesar de las complicaciones de una vida agitada.

Me maravilla la idea de escrutar el mundo, como hizo Salustiano Sánchez Blázquez (Shorty), quien desde los diez años conoció países muy distantes y diferentes a su España natal. Desde El Tejado de Béjar, su pueblito en la provincia de Salamanca, viajó a Cuba, y de ahí a Estados Unidos, donde formó familia.

La existencia de Shorty fue intensa desde niño. Muchas personas consideran que los estilos de vida en esa etapa son imprescindibles para fijar las condiciones de la adultez. Desconozco la situación material de Salustiano en aquel pequeño pueblo, abriendo el siglo XX, pero no es difícil de imaginar: muy temprano emigró a Cuba para laborar en los campos de caña.

En Estados Unidos, además, trabajó en minas de carbón y en la construcción. Es decir, lejos de una vida apacible y monástica, hizo mundo en sectores con gran desgaste físico y mental, y cambió de destino cuando lo entendió necesario. No es fácil emigrar dos veces.

Salustiano dice que tomaba un plátano cada día, así como otras frutas y verduras. No soy dado a creer en fórmulas milagrosas para alcanzar la longevidad, pero sí en los beneficios de una alimentación adecuada, un estilo de vida saludable y en la capacidad para adaptarnos a diversas circunstancias.

Nadie puede asegurar que la vida de Salustiano haya sido fácil. Esto me lleva a recordar que la comodidad muchas veces aniquila, petrifica y casi nos hace morir en vida. Él y otros han demostrado que los luchadores, la gente humilde que ha enfrentado serios problemas, también puede vivir más y mejor.

Los índices de vejez son interpretados como garantía de éxito económico y social en las sociedades modernas, y todos aspiramos a formar parte del dato. Sin embargo, vivir más tiempo solo tiene sentido si lo hacemos plenamente. La base de la calidad de vida es esencialmente económica, pero no solo de pan vive el hombre. Vivir más y mejor es también soñar, viajar, aprender y compartir.