Esta semana recibí un mensaje de Iris Elisa Araujo, una venezolana de 47 años, a quien le agradezco profundamente la lectura de mi libro “El Poder de Escuchar”. Un fragmento del mensaje, que considero esencial, dice:

“…Estudié, fui a la universidad, me gradué, me casé, tuve una hermosa hija, luego me divorcié. Desde hace un tiempo atrás en nuestra amada Venezuela, simplemente hay desesperanza… Pareciera que no hay alternativas… el miedo acecha en todos lados. Parece que ya no hay sueños y me niego aceptar este final”.

No soy un consejero de vida, sino un comunicador que, a base de esfuerzos, trata a diario de conquistar sueños y compartir sus experiencias con los demás. Pero no rehúyo trasladar mis puntos de vista a alguien como ella. Para mí es un honor.

Sus palabras, escritas en un momento difícil, encierran, sin embargo, un sinnúmero de razones para ser feliz, para dar gracias a la vida, como dice la famosa canción de Violeta Parra. Iris, usted es joven aún —45 años—, no menciona problemas de salud, ama a Venezuela, es universitaria y tiene una hija hermosa. ¡Cuántos regalos de la vida!

Es cierto, tuvo un fracaso amoroso, pero véalo con la perspectiva del “vaso medio lleno”: ahora es una mujer susceptible a ser amada nuevamente. En otro segmento de sus palabras, expresa: “Parece que ya no hay sueños y me niego a aceptar este final”.

Discrepo de la primera parte. Soy un ferviente convencido de que siempre hay sueños y podemos luchar por ellos.

¿Cómo lograrlo en medio de la realidad adversa que me describe? Usted misma, Iris Elisa, da la respuesta. Considero que es el mensaje más alentador de su carta: “Me niego a aceptar este final”.

Se niega a que le arranquen los sueños, y hace bien. Todo lo bello que le ha regalado la vida y todo lo que aún puede regalarle —nunca lo olvide—, son argumentos básicos y hermosos para no perder la esperanza y amortiguar el miedo, vencerlo. Sin violencia, solo con la fortaleza del espíritu.

Viene a mi mente el gran Honoré de Balzac y su obra “Las ilusiones perdidas”. Es la historia de un joven campesino que viaja a París en busca de la gloria literaria. Sus esperanzas se ven frustradas en medio de un engañoso mundo editorial, las dificultades para conseguir una oportunidad son tantas que lo frustran. Matan sus ilusiones.

La genialidad de Balzac nos alertaba: hay personas que luchan por sus ilusiones, hay otras que se dedican a tratar de destruirlas. Dejar de soñar —lo que implica no tener motivos para luchar— es aceptar el triunfo de los matadores de ilusiones, es dejarse influir por el acecho del miedo, es acatar la desesperanza.

Más allá de lo que la vida nos trae en esa piñata de regalos envueltos en alegrías, retos y desesperanzas, está el carácter que forjamos. Y ése solo crece, inquebrantable, en medio de la desesperanza, las crisis y las carencias.

Todos sus logros en la vida son una muestra de lo que usted es capaz. Iris Elisa, la vida nos impone retos: ¡Es la oportunidad para escalar a otro nivel!

Foto por: karindalziel