El pasado diciembre, después de recorrer la India, visité el Reino de Tailandia, una nación que estuvo siempre en mi agenda de anhelos. Fui testigo de muchos acontecimientos, entre ellos las protestas públicas. Este domingo se celebraron allí elecciones generales, aunque no parece probable que el problema se solucione a corto plazo. Deseo y espero que la paz y el progreso acompañen a los tailandeses, habitantes de un maravilloso país que recibe a millones de visitantes cada año.

Decidí recibir 2014 en Bangkok, la capital de ese hermoso país del sudeste asiático y ser testigo de sus fiestas, de la alegría de su gente y de toda su riqueza. La tradición y la cultura tailandesas no se desligan de la influencia del budismo, la religión mayoritaria. ¡Cuánto asombro al ver que Papa Noel es representado por un elefante ataviado con una gran gorra roja!

La espiritualidad ronda cada uno de los rincones de Tailandia y el elefante es su símbolo de fuerza, sabiduría y protección. Sin embargo, no es un animal sagrado, como las vacas en la India. Los elefantes participan, a la par del hombre y la mujer, en importantes faenas productivas y constituyen un singular atractivo turístico. Viven en perfecta armonía con los seres humanos. En Bangkok, ciudad moderna y cosmopolita, radica el Museo Real del Elefante, dedicado, según ellos, al más sabio de los animales.

Pese al desarrollo de las nuevas tecnologías, a estos enormes cuadrúpedos se les utiliza aun como medio de transporte y en labores de carga y tiro, entre otras faenas agrícolas. Son el centro de variados espectáculos de entretenimiento para nacionales y turistas, incluyendo vistosos desfiles.

Los tailandeses transmiten paz y armonía, inspirados en el budismo, religión que los urge a hacer el bien. Para ellos, no es lógico poder pecar y después arrepentirse. ¡Para ellos, lo lógico es  no pecar! La bondad es su arma principal. Tuve el inmenso privilegio de visitar uno de sus monasterios en la cumbre de una colina, donde fui partícipe, quizás, del áurea más espiritualmente seductora que pueda emanar del ser humano, generada de la entrega y la profunda paz que fluye de sus monjes y del poder de la meditación. Me conmovieron sus sonrisas, su humildad, su entrega total, todo un oasis de equilibrio entre cuerpo y alma.

Pero, Tailandia cautiva no solo por sus costumbres religiosas ancestrales, por su veneración a la naturaleza o por su amor a los animales. También lo hace por su ambiente popular y todo lo mundano que la caracteriza, desde la gastronomía hasta las hermosas playas, montañas con impresionantes paisajes y Bangkok, una megaciudad a veces caótica, donde la diversión nunca termina, atiborrada de mercados —terrestres y flotantes— y en la que se entrelazan enormes y modernos rascacielos con templos centenarios.

El encanto de la gastronomía tailandesa es conocido mundialmente. Es muy difícil sustraerse al olor, y menos al sabor de su cocina, un diapasón de sabores dulces, agrios, salados y amargos, siempre con un toque picante.

Son muchos los atractivos espirituales y sensoriales de esa nación rica en historia. Tailandia nunca deja de sorprendernos. Lo mismo nos encontramos con comunidades étnicas únicas, todas pacíficas y hospitalarias, que con lugares célebres como el famoso puente sobre el río Kwai.

Así es Tailandia de asombrosa. En medio del eterno olor a incienso, tropezamos con grandes rascacielos, recreamos la vista con budas de dimensiones enormes, vemos elefantes dando masajes corporales o tratando de anotar un gol, degustamos comida de extraordinario sabor, visitamos playas envidiables; pero, lo más importante y atractivo, es su gente, siempre hospitalaria, noble, trabajadora y muy alegre.

¡Gracias, Tailandia!

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