Por Mariela Dabbah

Salvo excepciones, cada vez que abro mi Facebook, las actualizaciones de mis conocidos hablan de cuán agradecidos están y de sus múltiples bendiciones. Y sí, yo tengo mucho por lo cual estar agradecida, pero, ¿te digo la verdad? A veces siento que a mí todo me cuesta más. Que cada cosa la tengo que intentar diez veces antes de encontrarle la vuelta. Que todo lo que inicio tarda una enormidad en dar resultados. Pero claro, para afuera todo pareciera salirme fácilmente.

Esa sensación de que nuestra vida no es tan exitosa, ni tan glamurosa como la de los demás, es un efecto negativo de Facebook y de otras redes sociales. Nos permite a cada uno inventarnos una vida que a los ojos de terceros parece mucho mejor de lo que en realidad suele ser.

Yo misma curo mi contenido bastante cuidadosamente, y prefiero subir actualizaciones solo cuando tengo algo positivo o por lo menos agradable para compartir. Desde la foto de un delicioso café expreso hasta una selfie caminando por el Highline en New York. Lo que nadie ve es qué pasó entre una foto y otra. ¿Cuántas desilusiones enfrenté? ¿Cuántas veces escuché a un cliente decirme que no tiene presupuesto para hacer esto o aquello? ¿Cuántas puertas se me cerraron? ¿Cuántas lágrimas derramé por algún problema personal del cual nadie se enteró?

Ups… aquí va mi próxima actualización, una hermosa foto con cien mujeres con sus zapatos rojos. Está todo bien. ¿No ves? Mi vida es perfecta.

Pocos admiten que nuestras páginas de Facebook y de otras plataformas ejercen una presión social que a veces se vuelve insoportable. Y no solo pasa por ver quién es más popular. Pasamos horas mirando vidas ajenas, que no podemos evitar comparar con las nuestras. Y como resultado, con frecuencia nos deprimimos. O nos maltratamos pensando que no valemos lo suficiente, no tenemos lo necesario para salir adelante. No somos tan… como… Y como por arte de magia, nos sentimos inferiores.

No sé si hay una solución universal para este fenómeno. Lo que sí sé es que medir cuán bien o mal te va en la vida, de acuerdo con lo que suben tus conocidos a las redes sociales, es absurdo. Porque solo estás tomando en cuenta el mínimo porcentaje de su vida que deciden compartir en Facebook y el cual, no nos engañemos, a menudo está embelesado. Ah, ¿no te conté que ese café delicioso que me tomé era para darme ánimo, después de haber recibido una mala noticia? Y luego, lo comparas con el 100% de tu vida, la cual conoces en detalle.

Entonces, la próxima vez que te sientas menos popular, menos exitoso/a, menos glamuroso/a que tu amiga de Facebook, te propongo estas opciones:

  1. Inventa una actualización que te haga ver súper cool. Por ejemplo, truca una foto para aparecer junto a George Clooney o Shakira.
  2. ¡Declara abstinencia de redes sociales por 24 horas, 24 días o 24 meses! Usa ese tiempo para vivir realmente la vida que deseas en lugar de ser testigo de la que viven otros.
  3. Envíales mensajes a 5 o 6 amigos diciéndoles que estás pasando por un síndrome de abstinencia de halagos y que necesitas que te escriban en tu muro lo maravilloso/a que eres.
  4. Cuenta las razones por las cuales deberías estar agradecido/a (tus bendiciones) y, si no se te ocurre ninguna en este momento, ¡tómalas prestadas de alguna de las personas que parecen tener siempre tantas!

Si todo lo anterior falla y la sensación de que nada en tu vida funciona tan bien como en la de los demás, déjame un mensaje en mi muro de Facebook y te prometo dejarte otro a cambio. Eso me hará sentir que este blog fue útil y que las cosas en mi vida andan mejor de lo que a mi me parece. 😉

Y si aún eso no es suficiente para levantarte el ánimo, aquí te dejo un regalo para que te descargues y ¡me des ánimo a mí para seguir intentando inspirarte!

* Cortesía de Mariela Dabbah. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.