A Olga Sinclair y su Fundación

¡Feliz semana! Cada lunes compartimos dosis de inspiración, con mensajes y herramientas para hacer realidad nuestros sueños. Esta es una reflexión “al vuelo”. La redacto en pleno viaje de regreso a Miami, a bordo de un avión de Copa Airlines, desde mi querida —y ya también adoptada— Ciudad de Panamá.

Cada año viajo mucho a Panamá, un pequeño-gran país que seduce con su empuje, y, sobre todo, con el magnetismo, calidez y alto voltaje afectivo de su gente. Panamá es mucho más que una capital pujante. Repleta de rascacielos frente al mar, su vista panorámica rivaliza con cualquier otra ciudad en progreso. Panamá es mucho más que un oasis económico-financiero, con enormes atractivos para empresarios, inmigrantes y jubilados. Es color y pasión. Es gente que, incluso en medio de la relajación latinoamericana, es capaz de sentir y escuchar con el corazón.

Por tres años consecutivos he visto a sus jóvenes disertar en el Concurso Nacional de Oratoria de Cable&Wireless. Y este pasado fin de semana, vi a más de cinco mil niños en una jornada de pintura liderada por la icónica artista Olga Sinclair. Ella es una gran amiga e inspiración de vida para muchas personas.

A través de su Fundación, Olga lleva años utilizando la plástica como plataforma transformadora de la niñez. Con sus cómplices y voluntarios, siembra en miles de niños la llama de la creatividad y la independencia emprendedora. Esto representa no solo un nuevo récord mundial Guinness, muy merecido por Panamá, sino un sello de marca-país; porque el arte libera, empodera y eleva la mente. Toda nación debería aspirar a ello, sobre todo en el trabajo con niños y jóvenes.

Panamá, con poco más de tres millones de habitantes, le ha arrebatado el nuevo récord Guinness a Arabia Saudita, que en 2011 presentó el mural o pintura hecho simultáneamente por la mayor cantidad de personas. Este fin de semana, 5.084 pintores fueron certificados por Guinness, frente a los 3.800 del mural islámico saudita. En Panamá, incluso, miles de niños tuvieron que pintar en los jardines adyacentes, porque ya no había espacio en el Paseo de la Pradera, frente al edificio sede del canal interoceánico.

Muchos recordaron que ese lugar estaba vetado a los panameños cuando el canal estuvo en manos de Estados Unidos. Hoy es un área de permanentes eventos gratuitos masivos.

De Panamá, de Olga, de su grupo de generosos cómplices, de sus miles de voluntarios, de Pedro Juan —altruista por ADN—, me llevo una inspiración sin límites. Ellos nos enseñan que lo más preciado del ser humano es su poder de dar y compartir.

Hemos caído en la trampa de claudicar en nuestros valores, con tal de satisfacer supuestas necesidades materiales. Al final, nunca es tarde para mirarnos por dentro y aportar una mano, una idea, una sonrisa, una simple acción. Juntando voluntades haremos la diferencia. Solo así trascenderemos más allá de nuestra propia burbuja de éxito, como ha logrado Olga Sinclair a través de sus grandes obras: la plástica y su propia vida. Servir al bien común, compartir y elevar a otros, es vivir tocando el cielo con las manos.

Dios es amor. Se hizo el milagro. Felicidades, Panamá. Gracias, Olga, por invitarme a ser testigo y parte de un hermoso acto de amor, generosidad y esperanza en el potencial y la esencia del ser humano. Te estaré siempre agradecido.

Crédito de la foto: @AeroCam507.