Una vez más me complace saludarte desde las alturas. Ya se hace tradición que muchas de las columnas estén inspiradas y escritas a más de 30 mil pies de altura, en pleno vuelo cruzando los cielos. Quizás porque las musas dicen estar más cerca de ser alcanzadas mientras más arriba intentemos ir a su encuentro. Lo cierto es que en los aviones encuentro la inspiración, el tiempo y el silencio para pensar y escribir. Únase a esto las memorias que se agolpan después de terminar un viaje lleno de emociones. Esta vez voy dejando atrás, por tercera ocasión, Managua, Nicaragua.

El sentimiento de esta oportunidad es incomparable a los anteriores. Fui testigo de un acto de amor y solidaridad que por 14 años une a toda esa nación y pone en acción a sus agentes sociales, empresariales, gubernamentales, y a la sociedad civil en general, a través de Fundación Teletón, el Instituto Médico Pedagógico Los Pipitos y de los centros regionales de rehabilitación y educación temprana. Son los niños y jóvenes discapacitados los que se benefician con las obras y servicios que han sido implementados para fomentar la inclusión, la esperanza y una mejor vida para quienes viven con necesidades especiales.

Me voy de Nicaragua no solo con las maravillosas cifras de la Teletón, que ha superado más de 24 millones de córdobas recaudados, rebasando la meta prevista. Me llevo la energía, la devoción y entrega de los cientos de voluntarios que colaboran para que este empeño nacional sea del monumental impacto que posee. Me voy de Nicaragua con la vacuna contra la desesperanza, esa que nadie te puede inyectar en sangre, sino en el alma. Aquí, mas allá de lo que conocí sobre el trabajo de la Fundación Teletón, los ojos y el corazón se llenaron de amor cuando estuve por varias horas con dos de las niñas a quienes esta maravillosa obra beneficia.

Dos ángeles llamados Valentina y Leidy. Valentina me esperaba en el aeropuerto con un ramo de flores, el cuál ayudaba a sostener su madre Roxana. Era como un remolino de alegría revoloteando a mi alrededor. Vive con artrogriposis, una malformación congénita en sus brazos que impide el crecimiento de sus miembros y la deja sin fuerza en sus manos. Gracias a la detención temprana y tratamiento de su deficiencia motora, Valentina ha mostrado un gran progreso en su rehabilitación, y su energía es contagiosa. La imagen de Roxana, su mamá, nunca se me borrará. Una de esas heroínas anónimas de un barrio de escasos recursos y madre soltera. Un ejemplo de amor incondicional, como el de muchas madres guerreras.

A Leidy, nuestro otro angelito, la conocí en la tarde en el hotel. Tiene once años, se mueve en silla de ruedas. Una parálisis cerebral le afecta físicamente todo su cuerpo. Vive con su humilde familia en Ocotal, una ciudad cercana a la frontera con Honduras. No camina, no puede hablar, pero sí logra conectar emocionalmente con una capacidad increíble. Sabe muy bien lo que ocurre a su alrededor. Va a la escuela, y tiene muchos amiguitos.

El tema de la familia de Leidy me hizo pensar en todos los que tenemos o hemos tenido en casa a una persona con discapacidad. Mi padre, sin su brazo izquierdo, por ejemplo. Quien vive de cerca el tema, sabe que más allá de cualquier tratamiento, el amor es la mejor de las medicinas.

La Teletón escucha a los que muchas veces no tienen voz, ni recursos para aspirar a una vida digna. Valentina y Leidy son solo dos de los más de 763.896 niños que fueron atendidos en 2013 con algún tipo de discapacidad. ¡Qué maravilla!

Estos fueron los dos ejemplos y las dos historias que me correspondieron compartir con la audiencia en televisión nacional. Más allá de esos minutos y esas horas, a Valentina y Leidy me las llevo para siempre en el corazón, y también a su familia. “Solo el amor engendra la maravilla”, tal como dice la canción de Silvio Rodríguez, ideologías aparte. Una genial frase para ilustrar esta reflexión.

Gracias, Nicaragua, por mostrarme tu lado más humano. Gracias por dejarme ser parte de tu capacidad de amar. Bendiciones a todos los que entienden que somos seres de luz cuando compartimos luz, y somos seres de amor, cuando compartimos amor.

Para colaborar con la niñez nicaragüense, no hacen falta millones, porque, como me dijo Roxana, “todo granito de arena, por pequeño que sea,  cuenta”. Ahora es tu turno de ayudar: www.teleton.org.ni.

Dios es amor, hágase el milagro. ¡Bravo Nicaragua!