Después de viajar a la India y Tailandia, cultivé el sueño de volver al continente asiático. En diciembre me propuse convertir esos deseos en realidad y marché a Japón, tierra de samuráis, sushi, geishas, cultura milenaria y un asombroso desarrollo tecnológico.

Me impresionó la hospitalidad, educación y cortesía de su pueblo. Antes de mi viaje, muchas veces escuche decir: “Japón es un país impresionante, pero lo mejor es su gente”. Lo interpretaba como un slogan publicitario más, con marcados fines turísticos, pero es muy cierto: la respetuosidad de los japoneses, su cariño y afán por servir y agradecer, fueron una constante durante todo el viaje.

El sushi es el plato japonés más popular internacionalmente. Se confecciona a base de arroz, pescado crudo o semicrudo, verduras y huevo, pero hay que visitar la nación oriental para percatarse de la deliciosa variedad de su cocina. Degusté el tofu, una especie de queso blanco preparado con leche de soya; el karaage, pollo frito con salsa de soya y jengibre, y los tonkatsu, filetes de cerdo empanados y cortados en tiritas, para comer con palitos. Sin embargo, la llamada comida rápida occidental invade el país, sobre todo en las grandes ciudades. Japón no escapa al acelerado ritmo de la vida moderna.

Es un país que marcha a la vanguardia del progreso tecnológico, pero mantiene una valoración sagrada de la naturaleza. Una de las religiones más profesadas, el sintoísmo —con influencias budistas y confucionistas—, adora por igual a los espíritus y a la naturaleza. Es hermoso ver a familias enteras acudir a los templos, implorar por un buen año y participar en ceremonias sagradas o festivas, con la esperanza de estrechar cada vez más su relación con lo natural. La arquitectura tradicional mantiene también una perfecta armonía con el medio ambiente.

Muchas de sus costumbres nos sorprenden. En los semáforos, la luz verde se sustituye por la azul, el cuatro es el numero de “la mala suerte”, no el trece; salvo helados en barquillo, no es bien visto comer y caminar por la calle; los japoneses absorben los espaguetis haciendo un ruido espantoso, pero manifiestan así su placer por comerlos.

En Kioto, la capital imperial, recordé al famoso actor Toshiro Mifume y al genial director Akira Kurosawa, artífices de legendarias películas de samuráis, en las que constantemente se tomaba sake, bebida tradicional extraída del arroz. Imposible visitar Japón y no hacer un brindis con sake por tan hermoso país, por su gente bella y trabajadora y, por supuesto, por un próximo regreso.