Reza una máxima anónima que “la gente más feliz no es la que tiene lo mejor de todo, si no la que hace lo mejor con lo que tiene”. ¿Y quiénes son capaces de hacer lo mejor con lo que tienen? Aquellos que ciñen un sueño por el cual luchan y le encuentran significado a la vida, los que están conscientes de que vivir es mucho más que existir.

No es más feliz quien tiene todo lo mejor, como algunos piensan. ¡No es así! Comparto en su totalidad el mensaje de la frase. En la medida en que más luchamos por lograr nuestros anhelos, más propensos somos a la felicidad; incluso si no logramos los empeños.

Si fracasamos momentáneamente, la felicidad no es completa porque no se saborea el éxito, pero queda la placidez de que hicimos todo lo posible, de que lanzamos al ruedo lo más preciado de nuestro arsenal de ideas, con todas las energías de que disponemos. Además, quienes luchan no se amilanan ante un descalabro transitorio, desdeñan la llamada mala suerte y con nuevos bríos reinician el camino en pos de sus sueños.

Hay quienes se consideran felices —y lo son— sin hacer el más mínimo esfuerzo. Se conforman con lo que tienen, mucho o poco, se sienten a gusto disfrutando el placer de existir, se acomodan, los corroe el inmovilismo, no habita en ellos un espíritu que los impulse y los eleve a niveles superiores de la existencia humana. Ciertamente se consideran felices porque tienen lo que necesitan —qué Dios se los bendiga—, pero nunca disfrutarán del más sublime de los placeres: el que se logra tras el resultado del diario bregar. ¡Ahí radica la verdadera felicidad!

Los seres anodinos se complacen con un gozo insustancial que nada tiene que ver con la felicidad que viene aparejada con la realización de un sueño. Ellos se recrean en medio de un confort inútil que los condena —aunque parece contradictorio— a una sobrevivencia infértil, ajena a todo lo que sucede a su alrededor. Se transforman en entes inactivos que dejan escapar la vida y, como dijera Goethe, comienzan a morir temprano.

Somos seres bendecidos con el pensamiento, el poder de la inteligencia, la posibilidad de soñar y la fortaleza necesaria para hacer realidad esos sueños. No actuar acorde con estos privilegios es no asumir la responsabilidad que nos ha sido asignada como seres humanos. Es como tener alas y temer volar, es una muestra de ingratitud. Y ningún ser ingrato logra la felicidad verdadera.

Thomas Carlyle, el gran historiador y ensayista inglés, nos recuerda en una de sus obras que “el hombre ha nacido para luchar, y como se le define mejor es diciendo que es un guerrero nato y que su vida, desde el principio al fin, no es sino una batalla”. ¡Una batalla por la felicidad verdadera!

Foto:  Camdiluv