La gerente del banco se sentó frente a mí y me dijo: “La conferencia que dio ayer fue estupenda. La gente no está acostumbrada a escuchar y ver a alguien tan natural como usted. Le doy un ejemplo: su pelo”.

Me quedé esperando que me aclarara a qué se refería. Yo había dado una conferencia para los clientes VIP de este importante banco en El Salvador y ahora, una de las participantes me estaba comentando sus impresiones. “Nadie lleva el pelo rizado aquí. Yo tengo el pelo como usted y me lo estiro todos los días. El día que no lo hice, mi jefa me dijo que no se me veía profesional”, me dijo la gerente, a quien llamaré Laura.

No era la primera vez que escuchaba que una mujer en posición gerencial o ejecutiva se alisaba el cabello para proyectar una imagen profesional. Laura me dijo que la exigencia se extendía a su vestimenta. Debía llevar traje de pantalón y chaqueta, porque la vez que se había puesto vestido para ir a un evento del banco, las otras gerentes le llamaron la atención. “El objetivo es que una aparezca totalmente asexuada”, me aclaró.

Lo curioso es que a menudo las que hacen cumplir un código de apariencia son las mismas mujeres afectadas por él. La pregunta es: ¿por qué las mujeres en posición de romper el techo de cristal, en lugar de motivar a las empleadas a ir a trabajar con su estilo femenino, continúan insistiendo en que respeten el estilo masculino como requisito para ascender en la carrera?

Este es un claro ejemplo de falta de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, que nos afecta a diario. Si las mujeres en posiciones de poder realmente quieren romper el techo de cristal, deben contribuir a cambiar las normas que penalizan a la mujer por no tener el mismo estilo que el hombre. (Ya sea que el estilo se refiera a su vestimenta o a su liderazgo.)

Estamos rodeados de ejemplos de falta de coherencia como éste, que tienen por efecto hacer que los objetivos que decimos perseguir se alejen cada vez más.

La falta de coherencia se ve cuando las organizaciones implementan iniciativas para acomodar las necesidades de sus empleadas y promover su crecimiento (como políticas de trabajo remoto, horario flexible, etc.) y luego castigan a las que aprovechan estas oportunidades. En sus evaluaciones anuales les dicen que les falta presencia en la oficina o que se nota una falta de compromiso con la empresa, lo cual impacta en forma negativa sus promociones y aumentos salariales.

Se ve en hombres que creen en la igualdad entre los dos géneros, pero que dan por sentado que sus mujeres tienen la capacidad de trabajar a la par de ellos y de ocuparse de la casa y la familia. Y se ve en mujeres profesionales que luchan por integrar trabajo y familia, pero que no delegan responsabilidades en su casa para tener más tiempo para sí mismas y para sus carreras.

En cualquier ámbito, cuando no obtengas los resultados que buscas, evalúa tu propia coherencia. ¿Estás haciendo realmente lo necesario para obtener tus metas? ¿Estás alineando tus acciones con tus principios? ¿Cumples lo que prometes?

La falta de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace nos perjudica a todos. Genera un desgaste de energía y frustración enorme, que al final solo te deja varado en el mismo lugar. Es como si estuvieras remando en dulce de leche.

Lo peor de vivir sin coherencia no es que pierdes el tiempo y la posibilidad de ser más feliz y hacer más felices a quienes te rodean. Lo peor es que muy pronto pierdes tu credibilidad, tu palabra. Y sin eso, ¿qué te queda?

GQI-MarielaDabbah

* Cortesía de Mariela Dabbah. La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.