Que la vida no se escape de entre las manos, nunca ser apáticos en medio de su grandeza, aprovecharla a tope, disfrutarla y luchar siempre, son los secretos cardinales del arte de vivir.

La vida impone barreras, algunas muy difíciles de vencer; nos prueba diariamente, puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos, a veces pudiera parecer injusta, sin embargo, cada momento es una nueva oportunidad. ¡Así es de grande y hermosa! Lamentarnos cuando no nos sonríe, es desperdiciarla, perder el limitado tiempo que nos otorga y soltarle riendas a la mediocridad existencial.

Sigmund Freud, el gran psicoanalista austríaco, en los días finales de su andar por este mundo, se vanagloriaba diciendo: “He sido un hombre afortunado; en la vida nada me ha sido fácil”. Como a él, nos sucede a muchos. La diferencia estriba en que unos se dejan aplastar por las dificultades; otros, los que luchan, se dan a la tarea de perfeccionar el arte de vivir: lo pulen, lo convierten en una manifestación sublime y hasta en una verdadera obra maestra. Estos triunfan.

¡La vida es una obra maestra de la creación y hay que estar a su altura! Quienes lo logran son los afortunados, como expresa Freud. Son los que luchan y vencen, no solo con el propósito de convertirse en hombres o mujeres de éxito, sino para ser mejores seres humanos y no existir como unos insignificantes.

Como la más exquisita de las artes, la vida requiere de talento, esfuerzo, conocimientos, experiencia, creatividad; exige de todos un alma noble y sensible, apasionada y perseverante, requiere amor y entrega, tanto para el bienestar particular como para el de los demás.

No importa si somos más o menos jóvenes. La edad no es impedimento para que nos propongamos dirigir nuestra propia sinfonía. Como alerta John Lennon, “no dejemos que la vida sea aquello que va sucediendo mientras estamos ocupados en otras cosas”. No la dejemos escapar como simples espectadores, seamos los principales protagonistas de nuestra propia historia. Porque, de no hacerlo, estaríamos siempre jugando papeles anodinos en medio de la historia de otros.

Todos, en esencia, somos iguales. La diferencia radica en la manera en que dominamos el arte de vivir. En cómo lo percibimos, lo desciframos y lo valoramos; en cuánto aprendemos de él y de cuánta voluntad y determinación disponemos, a la hora de interpretar el papel que se nos ha asignado.

Foto:  Hafsteinn Robertsson