La crisis de la edad madura no es cuento. Es tan real como la luna. Cuando llega, la midlife crisis sacude la casa y revuelve el alma; te lo digo por experiencia. Algunos estudios señalan que esta crisis es el resultado de expectativas de vida que no se cristalizan y generan frustración. Según esto, cuando somos jóvenes sobreestimamos nuestra felicidad futura y a medida que pasa el tiempo nos decepcionamos. Pero cuando nos acercamos a los sesenta comenzamos a subestimar la felicidad futura y de pronto nos sorprendemos por las pequeñas alegrías cotidianas, lo cual nos hacer sentir más contentos.

Como quizás ya sabrás (y si no lo sabes aún, dale tiempo al tiempo) cada etapa de la vida tiene su tumbao. En el caso de la mediana edad, y sobre todo en lo relacionado al trabajo, una de sus características es que nos mete en la parte baja de la U. ¿A qué me refiero? A que los niveles de satisfacción de una persona, por lo general, dibujan una curva parecida a la letra: en la juventud están a tope, en la mitad caen en un valle y hacia el final de la vida remontan vuelo.

No es para generalizar, pero las estadísticas señalan que en mayor o menor grado buena parte de los cuarentones pasamos por un período de crisis laboral y personal. En los Estados Unidos apenas una tercera parte de la población entre los 30 y los 50 años está comprometida con su trabajo, y una de cada cinco personas está absolutamente desesperada y hastiada con su empleo. Esto quiere decir que mucha gente se encuentra en una situación donde no es feliz con lo que hace. Y si pasas buena parte del día (y por ende la vida) dedicado a algo que no te brinda satisfacciones, quizás es momento de hacer algo. No quiero venderte una vez más la idea de que en chino la palabra crisis se escribe igual a la palabra oportunidad, porque quizás ya lo has escuchado hasta la saciedad. Pero lo cierto es que la crisis de la edad madura es una buena oportunidad para cambiar.

En un fascinante artículo para la revista The Atlantic, Bárbara Bradley Hagerty explora en los beneficios de soltar ese trabajo poco satisfactorio y darle un giro a tu carrera. Pero ella no se refiere a un giro de 180º, como pasar de traumatólogo a enólogo, aunque suene embriagadoramente excitante. Según Bárbara, y la mayoría de los casos que conozco, los cambios y reinvenciones más exitosos han sido suaves golpes de timón donde una persona encuentra su propósito de vida haciendo algo que guarda relación con sus habilidades, intereses y fortalezas.

Cambiar de trabajo o carrera a mitad de la vida no es fácil. Puede ser aterrador, incierto y doloroso. Pero también puede ser emocionante, saludable y muy valioso. En último caso, es una de esas decisiones que manejada conscientemente puede transformar la vida y abrir la puertas del auténtico bienestar. Y por ello me refiero a una satisfacción y contentura con lo que hacemos y somos en el presente.

Bárbara Bradley ofrece tres recomendaciones para dar el giro. Primero, testear las aguas, es decir, explorar en la nueva carrera. Bien sea tomando clases, dedicándole tiempo a conocer el campo u ofreciéndose de voluntario, lo recomendable es mojarse los pies antes de zambullirse. Lo segundo es dar pequeños saltos con una buena dosis de realismo. A veces el cambio deseado está más cerca de lo que pensamos, incluso, dentro de la propia organización en la que ya nos encontramos. Y en tercer lugar, pensar en el cambio más temprano que tarde, y es que dejar correr el tiempo con un estado de insatisfacción crónico no es una buena receta para la felicidad.

¿Vas a seguir en ese trabajo? Es cierto que cada quien tiene su historia y circunstancias. Pero si te encentras en la parte baja de la U, quizás es buena idea tomar riesgos controlados e implementar algunos cambios. Al menos intentarlo seriamente. ¿O vas a esperar que la vida te pase de largo?

* La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.