En un reportaje para el semanario Democracia del Diario Crónica, Teté Coustarot charló conIsmael Cala, el prestigioso periodista cubano de la CNN.

Me encantaría entrevistar a Cristina, aseguró.

Ismael Cala, durante su estadía en Buenos Aires, charló con Teté Coustarot para el Semanario Democracia. “Venir era algo que estaba deseando hace muchos años, era mi sueño”, confiesa el prestigioso conductor de la cadena internacional CNN en Español.

Su programa de entrevistas llega a millones de personas en todo el mundo. Por allí han pasado desde mandatarios hasta personalidades del espectáculo, la música y la moda. “Hago reportajes a políticos con un alto grado de escepticismo; una de las razones sea quizás que provengo de un lugar donde la política me daba alergia”, cuenta.

Ismael nació en El Caney, un pequeño pueblito cercano a Santiago de Cuba. Disconforme con la situación política y social, muchas veces pensó en abandonar la isla en balsa para recalar en la Base Naval de Guantánamo. “Estuve a punto de hacerlo, pero mi mamá me hizo prometerle que no la iba a hacer pasar por esa angustia de saber si iba a llegar o no, si me iban a matar o no”, dice. Finalmente, la experiencia que ganó trabajando en radios cubanas le permitió acceder a un trabajo como presentador en un evento celebrado en Canadá, de donde nunca se iría. Contaba entonces con 28 años. Hoy, en el punto más álgido de su carrera, revela sus proyectos para el 2013 y un deseo: instalar durante una semana la mesa de “Cala”, su programa, en la Argentina.

 

–¿De dónde vienen tus referencias de la Argentina?

–De Cuba. Allí se escucha mucho el tango; hay programas especializados en cada una de las emisoras locales, municipales y provinciales. En una de esas emisoras empecé a hacer radio a los ocho años.

 

–¿Cómo fue que empezaste desde tan chico?

–Hace unos días hablé con la señora Nilda García Alemán, que aún vive a sus 70 y pico de años en la ciudad de Santiago de Cuba. Ella fue mi gran maestra de esa vocación; era directora y escritora de programas infantiles en esa emisora para niños. Fue a mi aula de cuarto grado, tomó una prueba de lectura, varios levantamos la mano y yo leía fluido. “Tienes una linda voz, ¿te gustaría hacer radio?”, me dijo.

Desde aquellos tiempos, mi madre, que tuvo que acceder a llevarme a la radio, me llevaba a las 9 de la mañana y me recogía a las 5 de la tarde. Me pasaba todo el día allí. Las primeras tres horas eran de clases, donde esta señora nos enseñaba lingüística, fonética, narración, efectos sonoros. Después del almuerzo, montábamos y ensayábamos el guión del programa de la semana. Hicimos “El patito feo”, “El pequeño príncipe” y otros cuentos clásicos de la literatura más algunos que eran originales de ella. Eran obras maestras porque se trataba de radioteatro hecho por niños.

 

–Descubrir desde tan chico la comunicación y tener la posibilidad de llegar a tanta gente debió ser fantástico.

–Por eso digo que no tuve una infancia normal. Que a los ocho años la gente te diga que te escuchó en la radio, te cambia. Si me comparo con mis hermanos, a esa edad ellos pedían juguetes y yo pedía un radio para oír mejor la emisora.

 

–¿Hasta qué edad lo hiciste?

–Ininterrumpidamente. Empecé a los ocho años y nunca dejé de hacer radio. Bueno, hubo tres meses, que coincidieron con el pase del secundario a la preuniversitaria, cuando me desconecté de la emisora. Lo interesante es que terminé llevando la pasión por la radio a la universidad. Allí, en la residencia estudiantil, creé una emisora que se escuchaba por altoparlantes en todo el edificio. Teníamos dos programaciones: una de mañana para dar el de pie a los estudiantes y otra al mediodía, durante la hora del almuerzo. Había música, noticieros, programas de salud; era increíble.

 

–¿Hasta qué edad viviste en Cuba?

–Hasta los 28 años.

 

–¿Cómo te surgió la posibilidad de irte?

–Me fui a Canadá, pero fue con mucha paciencia. Yo quería irme de Cuba desde que tenía 20 años. Mi historia de emigración comenzó porque desde niño sentí que era un inadaptado. Le preguntaba a mi madre por qué no nos íbamos de este pequeño pueblito a la gran ciudad.

 

–¿Dónde vivías?

–En El Caney. Son como esas casitas de guano, con hojas de palma en los techos; nosotros les decimos boio o caney, por eso se llama así el pueblo, en referencia a esas casitas típicas de los indígenas. De ahí me quería mudar a Santiago de Cuba y lo hice, pero a los 25 años me fui para recalar en La Habana. Ya en ese tiempo sabía que quería irme a vivir fuera del país para conocer el mundo, pero tuve que esperar mi oportunidad, que finalmente llegó en el 98. Me invitaron a ser maestro de ceremonias de la delegación cubana en un festival multicultural en Toronto. Te cuento algo: hasta en balsa yo quise irme.

 

–¿En serio?

–Sí, en el año 1992, cuando me gradué en Historia del Arte. La situación en el país estaba tan pero tan pésima que mi salario de recién graduado eran 198 pesos cubanos, que al cambio eran menos de 2 dólares.

 

–¿Por mes?

–Exacto. No había prácticamente nada qué comer, apagones de 13 o 14 horas por día y una depresión que generaba la situación con la que se encontraba un recién graduado. Tenía decidido irme en una expedición en balsa a la base naval de Guantánamo, pero mi mamá me hizo prometerle que no la iba a poner en esa situación de angustia. No quería soportar la desesperación de saber si yo llegaba o no llegaba, si me mataban en el camino, si me metían preso. Fue una promesa que quise cumplir. Ella me dijo que esperara, que estaba segura de que me iba a llegar la oportunidad. Eso fue en el 92 y mira, pasaron seis años pero la oportunidad finalmente llegó.

 

–Pero allí empezaste a tener una parte humorística también.

–La verdad, siempre he tenido un buen sentido del humor, un poco extraño hay que decir. Hay quienes entienden mi sentido del humor y hay otros a los cuales no les parece nada gracioso.

 

–A vos te encantaba Desi Arnaz, ¿no?

–Sí, pero no lo conocí hasta que llegué a Toronto.

 

–Para quienes no saben Desi, junto a Lucile Ball, hizo una comedia que se llamaba “Yo amo a Lucy”, muy famosa en Estados Unidos. Ella era una actriz americana y él era cubano.

–De Santiago de Cuba, mi ciudad natal.

 

–¿Cómo le decían ustedes?

–Ricky Ricardo. Al año y medio de estar en Toronto tuve un show que animaba tipo Tropicana, con bailarinas cubanas; lo hacía con una portorriqueña, Mirna, y nos decían que nos parecíamos a Desi Arnaz y Lucile Ball por los toques de comedia que teníamos. Yo me preguntaba quién era en ese momento, y cuando me enteré de que era santiaguero, más fue la coincidencia.

 

–Tenés la facultad de concretar todo lo que soñás.

–Aprendí a hacerlo. Ahora descubrí algo que me puso Dios en la mente cuando terminé el primer libro, que sale en septiembre y espero poder venir a promocionar aquí en Buenos Aires.

 

–¿Cómo se llama el libro?

–La editorial aún no ha definido el nombre pero hemos trabajado todo el tiempo con “El poder de escuchar”. El título va a tener que incluir la palabra “escuchar”, lo puse como un requisito.

 

–Siempre que terminás tus programas decís “el secreto del buen hablar es saber escuchar”.

–Y no es solo el del buen hablar, descubrí que el secreto de la sabiduría también es escuchar. Cuando uno escucha aprende, cuando uno habla no aprende nada, como me dijo Larry King en una entrevista. “Nunca aprendí nada mientras hablaba yo”, me dijo. Y es cierto.

 

–En tu programa tenés la posibilidad de entrevistar a mandatarios. Ojalá puedas entrevistar a Cristina.

–Ojalá se pueda. La verdad, todavía no lo hemos gestionado, pero espero que pase como tú dices: hacer amigos aquí para que de a poco se vaya dando el contacto.

 

–Has entrevistado a casi todos los mandatarios de América.

–Sí, es interesante. Se trata de personas que tienen un poder ganado en su mayoría por elecciones democráticas. El poder es conflictivo; el poder embriaga, ensordece, nubla la vista. Yo vengo de un país donde la política me da alergia, justamente porque creo que ha faltado alternancia de poder por tantos años. Por eso no soy el más dado a creer en los políticos y creo que se lo hago saber, no lo oculto. Hago esas entrevistas a políticos con un escepticismo tan alto que me pregunto: “¿Esta gente vale la pena o me estará viendo la cara de estúpido o de anormal?”. De todas maneras pienso que esa es la función del periodista: tratar de ser una especie de puente y que sea la audiencia la que decida si le cree o no le cree, si es convincente o no lo es, o si es claro en lo que responde y no sale con evasivas.

 

–¿Cómo lograste, a partir de tu llegada a Estados Unidos, estar en la CNN en un programa con tu nombre, en horario central y con tanta audiencia?

–No es un éxito de la noche a la mañana. Lleva tanto tiempo que imagínate: mi llegada a la CNN es en el 2001, cuando me fui de Toronto a Atlanta a hacer una pasantía profesional de tres semanas gracias a Irán Enríquez, uno de los productores de CNN en español que había estudiado conmigo, un cubano.

 

–¿A qué cantidad de personas llegás con tu programa?

–Alrededor de 38 millones, porque siempre van sumándose, sobre todo en Estados Unidos, donde el programa ya tiene 7 millones de suscriptores. Se trata de hogares; uno nunca sabe cuántas personas puede haber en una casa, lo que tenemos es la cantidad de suscriptores.

 

–¿Tenés proyectado hacer otro tipo de programas?

–Acabamos de terminar un piloto de un programa de variedades. Es una mezcla de un programa de noche de domingo, de dos horas, con música. La idea que sea suelto, diferente del estilo de CNN, que esté ambientado en la azotea de un edificio donde se reciben amigos, amigos de amigos, vecinos, etc. Hay una banda musical en vivo con una chica muy linda; de pronto suben vecinas que son unas cuantas mujeres de distintos países que viven en el edificio y llegan para analizar temas; vienen invitados musicales, celebridades y pasan cosas en la cocina. Pasa lo que puede pasar en cualquier casa. Se puede llegar a abordar temas que ocurrieron durante la semana pero de una manera muy distendida. El proyecto me encantó, también los cinco días de grabaciones que tuvimos, y ahora se encuentra en un proceso de aprobación, incluyendo la utilización de mi imagen por parte de CNN.

 

–¿Sería en otro canal?

–Sí, en otro. Hay que negociar porque con CNN tengo un contrato firmado hasta diciembre de 2014. Creo que sería un buen complemento; CNN se está expandiendo en Estados Unidos a televisión abierta y este otro programa perfectamente podría ir en una programación dentro de ese soporte.