Hace unos días platiqué con una mujer que acudió a una de mis conferencias y me expresó el gran dolor que representa para ella el no haber hecho las paces con su padre. Un hombre controlador, de muy mal carácter que durante muchos años impuso su opinión sin importarle lo que pensara su familia.

El rencor con el que esta mujer vivió, fue creciendo al paso de los años a tal grado de romper la relación con su padre por cerca de 15 años.

Los últimos días de la vida de este hombre fueron acompañados de una dolorosa enfermedad que lo mantuvieron postrado a una cama. El pidió, o mejor dicho, imploró una y otra vez ver a su hija y expresarle su arrepentimiento e implorar su perdón, y ella nunca aceptó las disculpas de su progenitor.

Murió en soledad y el remordimiento de ella, al no haber acudido a su llamado en sus últimos días, le atormenta desde entonces.

“Han pasado cinco años y no hay un solo día que no piense en lo que debí de haber hecho y por mi soberbia, orgullo o rencor no hice”, me dijo con lágrimas en sus ojos.

Cuántas veces hemos escuchado frases como:

“Debí haber hecho esto…”

“No debí haber dicho aquello…”

“En que momento decidí confiar en ella….”

“¿Por qué dije que sí?”

Frases más, frases menos, pero lo claro de la situación es que lo hecho, hecho está y no hay forma ni manera de regresar el tiempo. Imposible retroceder las manecillas del reloj para reaccionar de una manera distinta a la forma en la que lo hicimos o las palabras que dijimos.

Es cierto, las palabras no se las lleva el tiempo y tristemente el arrepentimiento de lo que se dijo o no se dijo puede hacerse presente en mayor o menor escala en la vida de todos, sin embargo es una decisión personal vivir esclavizado a un pasado imposible de modificar.

El pasado es un lugar que puede ser digno de visitarse pero nunca permanecer en él; un lugar que prácticamente es imposible dejar de visitar pero que siempre tendremos la decisión final de permanecer o salir de él.

Hoy quiero compartirte algunas recomendaciones que te aseguro podrán ayudarte en los momentos en que tu mente se aferre a recordar una y otra vez los estragos de lo vivido:

  1. Siempre es recomendable formularse la pregunta que puede ayudar a superar las consecuencias de un pasado que desearías que fuera diferente: ¿Qué aprendí? Por supuesto que es más fácil lamentarse que aprender, ya que en la primera acción no requiere esfuerzo y además es una forma de llamar la atención.
  2. El ser humano tiende a repetir las mismas acciones que le hacen sufrir. Repite relaciones tormentosas, sigue comiendo lo que sabe que le daña, sigue afectando con su mal carácter que lo separa de los demás y no aprende a expresar ni emociones o palabras a quienes le rodean. Si después del aprendizaje se puede modificar un hábito que puede estar afectando tu presente o tu futuro, ya puede considerarse que existió algo positivo de ese pasado que desearíamos cambiar.
  3. Vale la pena afirmar verbal y mentalmente que el pasado no se puede cambiar. Imposible regresar el tiempo y, por lo tanto, a base de repetición te llevará una y otra vez a aceptar la difícil realidad.
  4. Siempre será una decisión personal la calidad de pensamientos que promuevas en ti. Los pensamientos ocasionan sentimientos y, por lo tanto, la forma en la que nos sentimos depende de lo que pensamos.
  5. Aprender a vivir en el presente es y será siempre la mejor estrategia para encontrar la paz y la estabilidad. Disfrutar el aquí y el ahora, hacer consciente lo que normalmente hacemos en forma inconsciente, valorar, agradecer y apreciar las palabras y acciones que te dicen o hacen.

Vale la pena aplicar estas cinco recomendaciones que pueden ayudarte a superar un pasado, enmendar en lo posible los estragos que llegaran a presentarse y vivir intensamente cada día porque, día vivido… cartucho quemado.

GQI-CesarLozano

* Cortesía de César Lozano La opinión de los columnistas no coincide necesariamente con la de Ismael Cala.